{"id":9282,"date":"2021-11-02T19:34:16","date_gmt":"2021-11-02T18:34:16","guid":{"rendered":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/?post_type=product&#038;p=9282"},"modified":"2021-11-25T19:40:31","modified_gmt":"2021-11-25T18:40:31","slug":"el-husmo","status":"publish","type":"product","link":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/","title":{"rendered":"El Husmo"},"content":{"rendered":"<p>Husmo. (De husmar.) m. Olor que despiden de s&iacute; cosas como la carne, el tocino, el carnero, la perdiz, etc., que ya empiezan a pasarse.<\/p>\n<p>(Diccionario de la Real Academia)<\/p>\n<p>Probablemente, existe en el horror un lado fatal, a un tiempo irrevocable e ilegible, que nada tiene que ver con el mundo y la historia de los hombres, un lado anegado en el misterio, en una oscuridad que ni siquiera llega a ser densa (una oscuridad plana, lisa, acerada, irreducible al color e inmune al tacto como la pesadilla de nuestra muerte); y un lado puramente humano, en el que se refleja el monstruo que alimentamos en sociedad &ndash;la bestia que somos ante el otro, y que nos devora como nos devora el otro-, todo el mal del que nos tememos capaces, la Desgracia que quisi&eacute;ramos contemplar o, al menos, describir, aferrar con el garfio de las palabras.<\/p>\n<p>Fragmentos de El husmo. Los filos reseguidos del dolor<\/p>\n<p>Par&aacute;grafos finales:6)<\/p>\n<p>Rescoldo del coraje En medio de un cierto abatimiento, sin fuerzas para perder las horas dise&ntilde;ando la arquitectura de una novela corta, de una historia convencional, bien trabada en torno a alg&uacute;n asunto, decido incluir sin m&aacute;s pretexto el relato de &ldquo;El maquis&rdquo; y abandonar este trabajo en su actual estado de inacabamiento, en la fase del taller. Incluso as&iacute;, y a pesar de su esqueleto quebrado, ya da vueltas, sobrado de sentido y de inquietudes, en torno a un punto may&uacute;sculo. O el husmo o el enigma de las luchas. La historia de Basiliso habla tambi&eacute;n de mi lucha, de la lucha de El Enlace, de la de Edgardo El Exiliado, de la de Juan y la de C&aacute;ndido. Sabe, ese cuento, del &ldquo;sopor de no hacer nada&rdquo;: de la pasividad y de su husmo.<\/p>\n<p>Rescoldo del coraje I: El maquis<\/p>\n<p>Me cuenta este anciano que al padre de Basiliso todav&iacute;a se le recuerda en La Pesquera por lo mucho que sab&iacute;a de su oficio: &ldquo;naci&oacute; un burro sin culo, y &eacute;l se lo hizo&rdquo;. Basiliso, m&aacute;s tarde apodado El Manco, se gan&oacute; tambi&eacute;n desde cr&iacute;o el respeto de sus convecinos: &ldquo;a trabajar, nadie le ganaba&rdquo;. &ldquo;En los bancales siempre les sacaba a todos, en cualquier cosa que hiciera, m&aacute;s de una hilera de ventaja&rdquo;. Creci&oacute; y se labr&oacute; un cuerpo membrudo. &ldquo;Como era buen mozo, las mujeres lo festejaban a todas horas&rdquo;. &ldquo;Despu&eacute;s se cas&oacute; por lo legal, y quiso montar una taberna con las pocas perras que le hab&iacute;a arrancado a la tierra&rdquo;. Toda la muchacher&iacute;a le ayud&oacute;, pues parec&iacute;a impulsarle un incontenible viento del pueblo. Era como si la aldea se regalara a s&iacute; misma una cantina en la que enjuagarse el sudor de cada d&iacute;a y ahogar sus penas de siglos. Un remolino de mozos y mozas convirti&oacute;, en muy pocas semanas, la cambra de su padre, el m&eacute;dico de cabecera, en un sencillo garito de labradores. El viejo que me relata esta historia particip&oacute; en los trabajos y ameniz&oacute; la inauguraci&oacute;n del local con su guitarra y su cante. &ldquo;A la postre a&uacute;n iba los s&aacute;bados por la noche a entretenerle a la parroquia&rdquo;.<\/p>\n<p>Como casi todos los campesinos de la zona, El Manco quer&iacute;a la tierra para el que la trabaja. Como algunos de ellos, los m&aacute;s audaces y los m&aacute;s le&iacute;dos, se dec&iacute;a de la CNT. Cuando, brincando el a&ntilde;o 36, &eacute;stos y aquellos, los que encarnaban las ideas y los que representaban el n&uacute;mero, pudieron por fin tocar la carne de su Sue&ntilde;o y el pa&iacute;s se visti&oacute; de para&iacute;so como una ni&ntilde;a de novia, Basiliso figur&oacute; al frente de la Colectividad de La Pesquera.<\/p>\n<p>Lo mismo que el cura y el cabo de la Guardia Civil, tembl&oacute; de p&aacute;nico el terrateniente local. Pero El Manco era m&aacute;s amigo de la vida que de las ideas, y su sed de venganza no se calmaba tanto con sangre y luto como con sudor y penitencia. Por eso, cuando las ruidosas camionetas de los milicianos exaltados, orladas de banderas rojinegras, irrump&iacute;an en la plaza del pueblo y los camaradas de hierro le preguntaban, con ese extra&ntilde;o aire de rutina enfebrecida, &ldquo;&iquest;qui&eacute;n sobra aqu&iacute;?&rdquo;, &eacute;l respond&iacute;a, henchido de firmeza y de coraje: &ldquo;Aqu&iacute; no sobra nadie. Falta pan y faltan brazos, compa&ntilde;eros&rdquo;.<\/p>\n<p>Salv&oacute; as&iacute; de la muerte al terceto de la crueldad destronada, pero no lo libr&oacute; del trabajo. La Pesquera, asombrada y divertida, pudo ver c&oacute;mo el cacique, su p&aacute;rroco y su perro de presa conoc&iacute;an por primera vez la fatiga de los pobres y ca&iacute;an rendidos, como alazanes reventados, al declinar lent&iacute;sima la tarde. Era &eacute;sa sin duda la mejor bandera que pod&iacute;a enarbolar Basiliso, el mejor resumen de su pensamiento, sumario pero preciso. Y, a&uacute;n as&iacute;, agradeci&oacute; el terceto al campesino, manco m&aacute;s tarde y tambi&eacute;n bandolero, que lo hubiera salvado del pared&oacute;n o el pase&iacute;llo.<\/p>\n<p>Como se podr&iacute;a anotar, con el estilo arrobado de aquellos d&iacute;as, &ldquo;se ti&ntilde;eron<br \/>\n los campos de rojo, de rojo justicia y de rojo igualdad. Un sol distinto y obrero, risa de los cielos repartidos, casi conquistados, ba&ntilde;aba de luz virginal las tierras de todos y de nadie&rdquo;. Pero no pudo durar el sue&ntilde;o. Pronto fue un cad&aacute;ver lo que tocaron los dedos campesinos. La ni&ntilde;a vestida de novia fue abatida por la espalda, y se encharc&oacute; en sangre su blanqu&iacute;simo atav&iacute;o. Cay&oacute; la noche eterna sobre el Para&iacute;so. Y regresaron los soles de anta&ntilde;o, gozo del se&ntilde;or y azote del labriego. El rojo igualdad se troc&oacute; rojo ira y se entristecieron para siempre los cielos, de nuevo fugados de la tierra.<\/p>\n<p>El Manco no huy&oacute;. Debi&oacute; pensar que tampoco ahora sobraba nadie. Que faltaba pan y faltaban brazos. Pero ya no ten&iacute;a compa&ntilde;eros. Los camaradas ululantes que desembarcaban en la plaza, entre un aterrador ondear de banderas impuestas, y rojas y gualdas, eran otros, de aspecto m&aacute;s sombr&iacute;o, mirada torva de despecho y coraz&oacute;n de alambrada. El cabo y el cura no sal&iacute;an a su paso con la resplandeciente energ&iacute;a del campesino&#8230; Sin firmeza y sin coraje, saboreando a&uacute;n una especie p&eacute;rfida de temor que les hac&iacute;a sonre&iacute;r como sonr&iacute;e un moribundo, daban nombres y daban se&ntilde;as. Mas no hablaron de Basiliso. El Manco se encerr&oacute; en su casa como la libertad en el pasado. Lo encubri&oacute; el sacerdote que, como una espada de Dios y para el bien de la Patria, hab&iacute;a delatado a los m&aacute;s audaces y a los m&aacute;s le&iacute;dos. Y nada dijo, por aquel entonces, el amo restablecido de las tierras y de los hombres. Como la voz de sus due&ntilde;os, el guardia civil mantuvo el secreto.<\/p>\n<p>La tr&iacute;ada de la crueldad restituida no obr&oacute; as&iacute; movida por un sentimiento de compasi&oacute;n y gratitud hacia el anarquista ca&iacute;do de su cielo; en lugar de salvarle la vida, prolongaba su agon&iacute;a y lo torturaba con la infamia de aceptar un auxilio de tan nefando origen. &ldquo;Si vives, vives gracias a la inmundicia que dices que somos, al desecho de humanidad que no enviaste a la muerte para no ensuciarte las manos y que ahora te ensucia hasta el coraz&oacute;n, te ensucia hasta el recuerdo que dejar&aacute;s en las familias de esos otros que no est&aacute;n teniendo tu suerte&#8230;&rdquo;. Sabi&eacute;ndose protegido por las fuerzas del horror y de la mezquindad, como un Fausto d&eacute;bil que no vende su alma pero se la deja robar, El Manco sufri&oacute; su trato de favor como la m&aacute;s sutil de las vejaciones. Y si no se entreg&oacute;, fue porque era m&aacute;s amigo de su vida que de sus ideas; y presinti&oacute; de alg&uacute;n modo que todav&iacute;a no hab&iacute;a dicho su &uacute;ltima palabra. Buscado por todas partes, Basiliso descansaba bajo el cerezo de su huerto.<\/p>\n<p>El mismo d&iacute;a en que la prensa del R&eacute;gimen le imput&oacute; sus primeras cinco muertes, &ldquo;en un encuentro con la Benem&eacute;rita &ndash;dec&iacute;a la nota- cerca de su guarida en la Sierra de Santer&oacute;n&rdquo;, El Manco fue visto por mi anciano confidente justamente debajo de aquel cerezo, a m&aacute;s de tres jornadas del lugar de los hechos&#8230; &ldquo;No le pude decir nada porque no estaba solo y adem&aacute;s &eacute;l no quer&iacute;a comprometer a la gente del pueblo, que ya hab&iacute;a padecido bastante s&oacute;lo por conocerlo y haber hablado con &eacute;l cuando lo de la Colectividad. Yo no supe que pensar ese d&iacute;a&#8230; Llevaba mis ovejas por detr&aacute;s de su casa, como otras veces. O&iacute; ruidos y me empin&eacute; sobre la tapia de su patio; y all&iacute; lo vi, tomando el sol, desnudo, en cueros, como vino al mundo, junto al otro hombre, que no era de La Pesquera&rdquo;.<\/p>\n<p>Pero la polic&iacute;a del Nuevo Estado no tard&oacute; en columbrar la enga&ntilde;ifa. Encerr&oacute; a medio pueblo. Arrest&oacute; asimismo, por unas horas, al cura y al cacique. Traslad&oacute; o hizo desaparecer al cabo reo de negligencia y traici&oacute;n. La inocencia maltratada apenas s&iacute; arroj&oacute; un vislumbre de la verdad. Fueron el amo del pueblo y su abogado ante Dios quienes descubrieron el asunto.<\/p>\n<p>Para entonces, Basiliso ya hab&iacute;a sido alertado por un sobrino del anciano que, entre pausa y pausa, tambi&eacute;n entre l&aacute;grima y l&aacute;grima, me desgrana con toda meticulosidad esta historia. Medio ciego, no creo que perciba la tibia fascinaci&oacute;n que se enciende en mis ojos; pero me habla sin desconfianza, con el aplomo de quien ya se sabe casi fuera de este mundo, justamente en la plaza del pueblo, ante la casa del m&eacute;dico que le hizo un culo al burro y en cuya cambra nuestro hombre mont&oacute; su taberna. &ldquo;Mi sobrino a&uacute;n le llev&oacute; en carro a la estaci&oacute;n de Utiel, medio oculto, como hab&iacute;a hecho con otros no tan marcados. All&iacute; Basiliso tom&oacute; un tren, y nunca m&aacute;s se le vio por aqu&iacute;. De vuelta, mi sobrino fue detenido por la Guardia. Muri&oacute; en la c&aacute;rcel&#8230; A m&iacute; no me hicieron nada porque, aparte de lo del bar, no me encontraron ninguna relaci&oacute;n con El Manco&rdquo;.<\/p>\n<p>A partir de ah&iacute;, mi informante enmudece. De las andanzas de El Manco entre los guerrilleros se han ocupado los libros de historia y la public&iacute;stica del Franquismo. La literatura amarilla lo convirti&oacute; en un asesino desalmado, y la ciencia de la historia en un maquis protot&iacute;pico. De hacer caso a esta &uacute;ltima, Basiliso se habr&iacute;a erigido en un luchador contra la Dictadura &ndash;un insumiso que de alg&uacute;n modo deber&iacute;a creer en las posibilidades de triunfo de su insurgencia, o en su utilidad al menos, y que prolongar&iacute;a as&iacute; su largo batallar en favor de los ideales libertarios&#8230; Esa es la versi&oacute;n de los historiadores, que anegan a El Manco en un l&eacute;gamo de siglas y estrategias, directrices que vienen de fuera y se siguen o no se siguen, agrupaciones guerrilleras, secesiones, disputas doctrinales, etc.,&#8230; Pero nadie que est&eacute; en su sano juicio se tomar&aacute; muy en serio lo que esas gentes consumidas escriben para disimular su propio vac&iacute;o y justificar sus emolumentos. Por otro lado, a&uacute;n cuando hablan de Basiliso con sus medias palabras un tanto halagadoras, a&uacute;n cuando se dir&iacute;a que su adormecedor charloteo transfunde una simpat&iacute;a t&iacute;mida y acobardada hacia el campesino, a&uacute;n entonces, como saben desde siempre los m&aacute;s audaces y los m&aacute;s le&iacute;dos, trabajan en secreto para los enemigos de su antiguo, bello, noble, olvidado Sue&ntilde;o &ndash;para el cura, el cabo y el terrateniente.<\/p>\n<p>Me sugiere mi anciano, casi como despedida, que tal vez Basiliso se hizo maquis para salvar la piel, que era demasiado inteligente para no darse cuenta de que todo estaba perdido; y que si luch&oacute; y mat&oacute;, mat&oacute; y luch&oacute; a la desesperada, m&aacute;s como una alima&ntilde;a acorralada que como un h&eacute;roe o un fan&aacute;tico; que quiz&aacute; se ech&oacute; al monte por no poder estar en otra parte ni con otra gente, y que una vez all&iacute; har&iacute;a lo que todos aunque s&oacute;lo fuera para dedicarse a alguna empresa &ndash;la &uacute;nica a su alcance- en lo que todav&iacute;a le quedaba de vida condenada.<\/p>\n<p>Antes que yo, otro recolector de historias de los maquis se detuvo en La Pesquera. Y recogi&oacute; este testimonio:<\/p>\n<p>&ldquo;En La Pesquera todo el mundo me habl&oacute; bien del Manco. Y cuando les dije que se hab&iacute;an escrito libros en los que se le acusa de ser responsable de treinta y tantas muertes, sus paisanos se alzaron de hombros. A un campesino, con el que estuve paseando largo rato por las afueras del pueblo, se les escaparon estas palabras: &lsquo;si es verdad eso, a&uacute;n mat&oacute; a pocos. Ustedes, los de la ciudad, no saben la de perrer&iacute;as que nos hicieron pasar algunos ricachos despu&eacute;s de la guerra. Son los amos hasta del aire que respiramos. Y eso, no se le olvide, dura desde el a&ntilde;o 1939&rsquo;&rdquo;<\/p>\n<p>Si el m&aacute;s temido de los maquis hizo lo que se le supone, quiz&aacute; a&uacute;n hizo poco. A&uacute;n hizo poco. Y ya no quedan m&eacute;dicos que abran un culo entre los cuartos posteriores de los burros deformes, ya no quedan hombres capaces de amar por encima del odio y de odiar de verdad aquello que merece ser odiado. S&oacute;lo quedamos nosotros, ni siquiera un rescoldo del coraje.&rdquo;<\/p>\n<p>Par&aacute;grafos iniciales:<\/p>\n<p>1) La sombra del fr&iacute;o<\/p>\n<p>Mi desconfianza mira a su desconfianza y se ruboriza. La suya, m&aacute;s vieja y m&aacute;s acre y m&aacute;s fuerte, ataja mi recelo y, tal el tiempo contra la inocencia, lo extingue&#8230;<\/p>\n<p>Un delicado misterio antiguo, aristocr&aacute;tico como un beso en la mano o una reverencia entre el jambaje de la puerta, emana de sus cabellos en orden, encanecidos y abundantes; de la expresi&oacute;n de dureza y cansancio que titila en sus peque&ntilde;os ojos de p&aacute;jaro, agazapados tras los gruesos cristales de unas lentes que lo alejan del mundo y lo defienden tambi&eacute;n de los ojos del mundo; de la grietecilla de su boca y de sus labios fin&iacute;simos de piedra, que no parecen hechos para acariciar palabras sino para aplastarlas; y, en general, del desabrimiento grave, adusto, hastiado del existir y de los hombres, que relampaguea en su rostro de ac&iacute;bar las pocas veces en que sonr&iacute;e, con una sonrisa cargada de seriedad y de tristeza.<\/p>\n<p>La pesadumbre de este hombre, su melancol&iacute;a implacable, nada dulce, su hartura de<br \/>\n vivir y de hablar, procede de las relaciones que en la turbulencia de su pasado mantuvo con la Duda y la Ambig&uuml;edad&#8230; Trat&oacute;, durante demasiado tiempo, de evidenciar a los dem&aacute;s qui&eacute;n era y qui&eacute;n no era, d&oacute;nde hallaba su Cielo y d&oacute;nde su Infierno. Y procur&oacute; convencerlos, alternativamente, de identidades tan opuestas como la noche y el d&iacute;a, el placer y el dolor, la amistad y el odio, porque en ello le iba la vida -o as&iacute; lo cre&iacute;a.<\/p>\n<p>Late, sin duda, el coraz&oacute;n sosegado del d&iacute;a en el pecho tumultuoso de la noche, dormita el dolor en la vigilia del placer y a&uacute;n crece una brizna de amistad en el erial inh&oacute;spito del odio&#8230; Pero &eacute;l, movido por su lealtad a la Causa o por el aguij&oacute;n inconfesable del miedo, nada quiso saber de esa inquietante presencia del mal en el bien, de la paz en la guerra, y, exacerbando los antagonismos como un amante desquiciado del absoluto y de la pureza, dijo ser, a unos, D&iacute;a y Placer y Amistad, y, a otros, a los enemigos de toda luz, corruptores de la esperanza, Noche y Dolor y Odio. Salv&oacute; as&iacute; la piel, ocult&aacute;ndose de s&iacute; mismo entre los suyos, y de los suyos entre las filas del adversario, disfraz&aacute;ndose un d&iacute;a de lo que ya no era y al d&iacute;a siguiente de lo que quer&iacute;a ser, si&eacute;ndose al fingir y fingi&eacute;ndose al ser, pero perdi&oacute; en el trance la frescura y la franqueza. Qued&oacute; para siempre en &eacute;l un algo de flor, pero de flor cortada; y un algo de cuchillo, aunque de cuchillo romo. Qued&oacute; algo en &eacute;l de sombra y de pozo, de fr&iacute;o y de muerte. Qued&oacute; &eacute;l, como la flor de un cuchillo, la sombra del fr&iacute;o, el pozo de la muerte.<\/p>\n<p>La reserva que despertaba en unos y en otros, de la que era terriblemente consciente, la sospecha que se cerni&oacute; sobre su lucha y sus ideales como la tempestad sobre un mar calmo, acab&oacute; agri&aacute;ndole la risa y nubl&aacute;ndole la mirada. Ahora se presenta ante m&iacute; sin raz&oacute;n para el embozo, sin motivo ya para la m&aacute;scara, pero con las muescas que aquella prolongada ambig&uuml;edad le hab&iacute;a dejado en el rostro -y hasta en el pensamiento. Se presenta ante m&iacute; como lo que dice que fue: un enlace de los maquis&#8230;<\/p>\n<p>Por los informes que hab&iacute;a recabado a prop&oacute;sito de su desconcertante trayectoria (blasonada por su libertad incomprensible bajo el Franquismo, hurtando del modo m&aacute;s oscuro su cuerpo a la voracidad de la tortura), mi desconfianza de los proleg&oacute;menos resulta justificada. Pero me basta con percibir su mirar maltrecho, buscando desafiante, desde una lejan&iacute;a de polvo en la sangre y &oacute;xido en el coraz&oacute;n, el fondo zozobroso de mis ojos; me basta con escuchar su voz de cal muerta, ayer ardiente, rezumante de soles y de eras, de verdades palmarias como el sol y amigas como las eras, para sentir que ese recelo inicial se ruboriza y extingue.<\/p>\n<p>La firmeza, un tanto encallecida y ya casi ritual, de su voz enjalbegada refleja una regularidad interior de pensamiento que caracteriza al verdadero hombre de acci&oacute;n. La solidez de su gram&aacute;tica, repiqueteante y cadenciosa, delata una ideolog&iacute;a de &aacute;ngulos bien perfilados, que incluso cuando se corrige y moldea conserva la geometr&iacute;a de sus formas. Aquel hombre hab&iacute;a &ldquo;encarnado&rdquo; una doctrina, como hoy se dice y ya no ocurre. Hab&iacute;a asumido el riesgo de convertirla casi en su segunda piel. Y esa ideolog&iacute;a fundida con el cuerpo, que no lo arrastr&oacute; a la prisi&oacute;n, lo hundi&oacute; en cambio en el estero de la maledicencia y la injuria. Como pensamiento &ldquo;tr&aacute;gico&rdquo;, el anarquismo de la &eacute;poca se distingu&iacute;a por maltratar de ese modo a sus adeptos: o los empujaba a la muerte heroica e in&uacute;til, al encierro en c&aacute;rceles de espanto e ignominia, o los erig&iacute;a en prendas de la m&aacute;s corroyente difamaci&oacute;n. F&eacute;lix, enlace de los maquis, secretario comarcal de las Juventudes Libertarias, simpatizante de todas las revoluciones obreras del mundo, pag&oacute; cara, a&uacute;n est&aacute; pagando, la contingencia de no haber merecido la sa&ntilde;a del fascismo. Vio c&oacute;mo las arenas movedizas de la suspicacia popular amenazaban con sepultar cual vulgar tronc&oacute;n la efigie aguerrida que hab&iacute;a pretendido hacer de s&iacute; mismo. Cay&oacute; el entredicho sobre el peque&ntilde;o tesoro &iacute;ntimo que siempre hab&iacute;a procurado resguardar de esa especie de expolio que se denomina &ldquo;calumnia&rdquo;: la resuelta determinaci&oacute;n de su inconcuso compromiso pol&iacute;tico.<\/p>\n<p>Sentado ante &eacute;l, con sus ojos hincados en los m&iacute;os y sus palabras rebanando el silencio, a&uacute;n noto c&oacute;mo se desvanece el halo de oprobioso misterio que hasta ahora lo envolv&iacute;a cual niebla barranquera en torno a un olivo olvidado -un olivo verde plata hecho de llanto y de gritos. Y no acierto a columbrar qu&eacute; pensara de m&iacute;, qu&eacute; imagen se estar&aacute; forjando de su desconocido interlocutor. Poco debo importarle&#8230; Me ver&aacute; como un enigma sin mayor inter&eacute;s, s&oacute;lo uno m&aacute;s. &ldquo;Un extra&ntilde;o que, por alg&uacute;n motivo, a m&iacute; qu&eacute; m&aacute;s me da, me habla y me pregunta&rdquo;. Un d&iacute;a antes de este, tan ansiado, encuentro borraje&eacute;, sombr&iacute;o y maquinal, mi Diario. &ldquo;Si le saco a mi dolor una p&aacute;gina, ya me duele menos&rdquo;, deb&iacute; pensar.<\/p>\n<p>25 de Febrero de 1993<\/p>\n<p>Mi&eacute;rcoles. La semana, herida de muerte; yo, peor&#8230; Los pr&oacute;ximos s&aacute;bado y domingo no confortan -les sigue un lunes, y un martes, y un&#8230; Las vacaciones de Semana Santa est&aacute;n a&uacute;n lejos. Tampoco ayudan: despu&eacute;s de ellas, todo sigue. El verano augura un nuevo curso. Presidiarios con licencia. S&oacute;lo pasan los a&ntilde;os. Los cabellos, m&aacute;s blancos. Los ojos, m&aacute;s hundidos. Las ilusiones, que tambi&eacute;n envejecen, parecen a&uacute;n m&aacute;s hartas de m&iacute; que yo de este gran cansancio. No me siento triste. La tristeza se me antoja todav&iacute;a un sentimiento dichoso. No me asiste el privilegio de poder estar triste. La tristeza empieza y acaba, se distingue del estado de &aacute;nimo que la antecede y del que la sustituye. Yo vivo en un sentimiento que parece eterno, que no s&eacute; cuando empez&oacute; y que no quiere tener fin. M&aacute;s triste que la tristeza, sin color ni sabor, ni negro ni amargo, hondo s&iacute;, &aacute;spero, recuerda el filo de una navaja resbalando sobre las venas del cuello. Pero no corta. Ni se va. Resbala, resbala.<\/p>\n<p>Cada d&iacute;a me parece un secuestro, una ofensa. Cada d&iacute;a de trabajo, de no-libertad, de horario y de obligaciones, lo sufro como un ultraje. Mi dignidad disminuye, d&iacute;a a d&iacute;a. Yo disminuyo. De mi orgullo antiguo no queda ni la sombra, ni el humo; tampoco me es grato su recuerdo. Ya no quiero alimentar esperanzas. Me aflige la posibilidad misma de la esperanza. No estoy desesperado; ca&iacute; de la desesperaci&oacute;n, me hund&iacute; bajo su suelo. S&oacute;lo hallo un alivio en el relato de mi hundimiento -no mi ca&iacute;da, que ya es vieja, sino mi hundimiento m&aacute;s abajo del fondo de toda ca&iacute;da.<\/p>\n<p>Me niego a pensar. Los pensamientos me asquean. Se parecen demasiado los unos a los otros. Siempre est&aacute;n celebrando alguna muerte. Y me espanta el aire de familia que sorprendo en sus rostros de barro y tedio. Aborrezco al sol cegador, al sol ciego, y solo y mudo y vano. Las noches dejaron de antoj&aacute;rseme bellas: cierran un d&iacute;a de servidumbre y anuncian la servidumbre del d&iacute;a siguiente. Si la noche fuera eterna, me dar&iacute;a igual.<\/p>\n<p>Me han robado los deseos; y ya no deseo ni siquiera recuperarlos. Tampoco me abandono: no me esfuerzo en abandonarme, no me empe&ntilde;o en dejarme llevar. M&aacute;s que perderme, me entrego a un gran cansancio -cansancio hasta del mismo reposo, el m&aacute;s desnudo de los cansancios.<\/p>\n<p>Si es un dolor lo que me acosa, ese dolor se ceba en la cabeza. Del coraz&oacute;n yo no s&eacute; nada. Creo que huy&oacute;, o que nunca me avis&oacute; de su existencia. A lo mejor todav&iacute;a habita en mi pecho; pero es como si jam&aacute;s hubiera latido.<\/p>\n<p>Hay muros contra los que necesito estrellarme una y otra vez&#8230; Quiero tropezar siempre, partirme en la piedra las sienes. Si me despejan la v&iacute;a, no s&eacute; para qu&eacute; andar, no s&eacute; hacia d&oacute;nde. Yo voy, quiero ir, siempre hacia el muro. Pero ahora, sumi&eacute;ndome en una postraci&oacute;n hu&eacute;rfana de razones, lo han abatido. No me he extraviado. Nadie puede desencaminarme. Desbrujaron de una vez todos los muros, que a&uacute;n es m&aacute;s cruel. Y ya no puedo romperme el cr&aacute;neo, no puedo tropezar; s&oacute;lo hundirme, hundirme y ni siquiera caer. Hundirme. Un gran cansancio. Harto de estar harto, agotado, derrotado, amarrado, humillado, azotado, callado. L&uacute;gubre hast&iacute;o de desear. Gran cansancio.<\/p>\n<p>La compa&ntilde;&iacute;a me mata. La soledad me entierra vivo. Donde hay tres, ah&iacute; est&aacute; mi fosa. Donde hay dos, mi juez y mi verdugo. Donde uno, mi v&iacute;ctima. Y cuando estoy solo, algo peor que morir. A&uacute;n peor que sufrir. Casi no estar.<\/p>\n<p>2)La verdad prostituta<\/p>\n<p>Extinto mi recelo, F&eacute;lix inicia su relato con un tono de confidencia a&ntilde;eja, de denuncia rancia e intempestiva. Herido por la duda acerca de su integridad con que le castigaron<br \/>\n los suyos, empieza veng&aacute;ndose del pensamiento que los encandilaba. &ldquo;Nosotros nos cre&iacute;amos que &iacute;bamos a arreglar el mundo. Que para eso bastaba con que cada uno hiciera lo que su consciencia le dictaba. Pero de ese modo, sin organizaci&oacute;n, no se pudo ni ganar la guerra&rdquo;. Como reculando ante un enemigo antiguo e invencible (el enigma de su ambig&uuml;edad), se apresura a detallarme su filiaci&oacute;n revolucionaria. &ldquo;Yo siempre actu&eacute; por un convencimiento, por una idea, por una simpat&iacute;a&#8230; Nunca nadie me oblig&oacute; a nada. Siempre fui demasiado voluntario para esas cosas&#8230; Tuve un hermano socialista y otro comunista. Yo era af&iacute;n a ellos. Pero ten&iacute;a otras lecturas: La Revista Blanca, Tiempos Nuevos, n&uacute;meros atrasados de Tierra y Libertad,&#8230; que tra&iacute;an al pueblo personas de Valencia. Y recuerdo que, aunque no entend&iacute;a mucho, y, por ejemplo, confund&iacute;a &lsquo;antipol&iacute;tico&rsquo; con &lsquo;apol&iacute;tico&rsquo; y &lsquo;antirreligioso&rsquo; con &lsquo;irreligioso&rsquo;, yo ya me dec&iacute;a, siendo muy joven, partidario del Comunismo Libertario. Tambi&eacute;n me influy&oacute; bastante, para esa toma de postura, una clase que nos dio el maestro de la Escuela Popular de Adultos, pues yo s&oacute;lo pod&iacute;a instruirme por las noches -y siempre tuve ese anhelo de aprender. Aquel hombre nos habl&oacute; de unas aves que viv&iacute;an en las costas de Chile, y que se organizaban de esa forma, y all&iacute; no hab&iacute;a autoridad, y era como una comunidad, en la que todo era de todos&#8230; Aquellas palabras se me quedaron grabadas para siempre&#8230; Cuando la guerra, yo ya era Secretario Comarcal de las Juventudes Libertarias. Se puso entonces en marcha la Colectividad de Ademuz, que fue un ejemplo. Y de la que se habla en algunos libros de historia como eso que fue, como un ejemplo.&rdquo;<\/p>\n<p>El naufragio inducido de la Rep&uacute;blica constituy&oacute; para F&eacute;lix la aurora de su desgracia. Disipadas las brumas del alborear, nada pudo esconderse a la luz cruda de la ma&ntilde;ana fascista. El pa&iacute;s se pobl&oacute; de carniceros como de perros y buitres un cad&aacute;ver a la intemperie. Lo infernante de la represi&oacute;n no halla palabras en que reconocerse; y, sin embargo, a &eacute;l no se le detuvo. &ldquo;Las represalias fueron terribles. Mataron a mucha gente. Yo he visto matar a hombres sin ning&uacute;n motivo. Se llevaron a muchos sin que se sepa la raz&oacute;n, y ya no aparecieron.&rdquo; Y &eacute;l, un hombre marcado, miembro de la c&uacute;pula local cenetista, conocido por todos, impulsor de la colectivizaci&oacute;n&#8230;, continuaba a salvo en el pueblo, en su casa inviolable, paseando por las calles que el miedo vaciaba, sin explicarse por qu&eacute; le era perdonada su militancia y sin poder explicar a nadie aquel bochornoso trato de favor. Transcurrieron los a&ntilde;os y se qued&oacute; casi solo. Sus camaradas libertarios conocieron, uno tras otro, como en un pase de lista, la prisi&oacute;n, el exilio o la muerte&#8230; En torno a &eacute;l, a&uacute;n gozaban de una extra&ntilde;a amarga libertad los cuatro &uacute;ltimos &ldquo;afines&rdquo; de Ademuz: Juan, Silverio, Vidal y Ricardo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><strong>PEDRO GARCIA OLIVO<\/strong><br \/>\n9788492069859 &#8211; Las siete entidades &#8211; 2003 &#8211; 141 p\u00e1ginas \/orri.<\/p>\n","protected":false},"featured_media":9305,"template":"","meta":[],"product_brand":[],"product_cat":[16,187],"product_tag":[4864,922],"class_list":{"0":"post-9282","1":"product","2":"type-product","3":"status-publish","4":"has-post-thumbnail","6":"product_cat-libros","7":"product_cat-narratiba-narrativa","8":"product_tag-las-siete-entidades","9":"product_tag-pedro-garcia-olivo","11":"first","12":"instock","13":"sold-individually","14":"shipping-taxable","15":"purchasable","16":"product-type-simple"},"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.3 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>El Husmo &#8212; Zapateneo<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"El Husmo &#8212; Zapateneo\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"PEDRO GARCIA OLIVO 9788492069859 - Las siete entidades - 2003 - 141 p\u00e1ginas \/orri.\" \/>\n<meta property=\"og:url\" content=\"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/\" \/>\n<meta property=\"og:site_name\" content=\"Zapateneo\" \/>\n<meta property=\"article:modified_time\" content=\"2021-11-25T18:40:31+00:00\" \/>\n<meta property=\"og:image\" content=\"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/15484442918822.jpeg\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:width\" content=\"223\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:height\" content=\"335\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:type\" content=\"image\/jpeg\" \/>\n<meta name=\"twitter:card\" content=\"summary_large_image\" \/>\n<meta name=\"twitter:site\" content=\"@zapateneo\" \/>\n<meta name=\"twitter:label1\" content=\"Tiempo de lectura\" \/>\n\t<meta name=\"twitter:data1\" content=\"26 minutos\" \/>\n<script type=\"application\/ld+json\" class=\"yoast-schema-graph\">{\"@context\":\"https:\\\/\\\/schema.org\",\"@graph\":[{\"@type\":\"WebPage\",\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/index.php\\\/producto\\\/el-husmo\\\/\",\"url\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/index.php\\\/producto\\\/el-husmo\\\/\",\"name\":\"El Husmo &#8212; Zapateneo\",\"isPartOf\":{\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/#website\"},\"primaryImageOfPage\":{\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/index.php\\\/producto\\\/el-husmo\\\/#primaryimage\"},\"image\":{\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/index.php\\\/producto\\\/el-husmo\\\/#primaryimage\"},\"thumbnailUrl\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/wp-content\\\/uploads\\\/2021\\\/11\\\/15484442918822.jpeg\",\"datePublished\":\"2021-11-02T18:34:16+00:00\",\"dateModified\":\"2021-11-25T18:40:31+00:00\",\"breadcrumb\":{\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/index.php\\\/producto\\\/el-husmo\\\/#breadcrumb\"},\"inLanguage\":\"es\",\"potentialAction\":[{\"@type\":\"ReadAction\",\"target\":[\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/index.php\\\/producto\\\/el-husmo\\\/\"]}]},{\"@type\":\"ImageObject\",\"inLanguage\":\"es\",\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/index.php\\\/producto\\\/el-husmo\\\/#primaryimage\",\"url\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/wp-content\\\/uploads\\\/2021\\\/11\\\/15484442918822.jpeg\",\"contentUrl\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/wp-content\\\/uploads\\\/2021\\\/11\\\/15484442918822.jpeg\",\"width\":223,\"height\":335},{\"@type\":\"BreadcrumbList\",\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/index.php\\\/producto\\\/el-husmo\\\/#breadcrumb\",\"itemListElement\":[{\"@type\":\"ListItem\",\"position\":1,\"name\":\"Portada\",\"item\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/\"},{\"@type\":\"ListItem\",\"position\":2,\"name\":\"Tienda\",\"item\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/\"},{\"@type\":\"ListItem\",\"position\":3,\"name\":\"El Husmo\"}]},{\"@type\":\"WebSite\",\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/#website\",\"url\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/\",\"name\":\"Zapateneo\",\"description\":\"Zapateneoaren webgunea\",\"publisher\":{\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/#organization\"},\"potentialAction\":[{\"@type\":\"SearchAction\",\"target\":{\"@type\":\"EntryPoint\",\"urlTemplate\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/?s={search_term_string}\"},\"query-input\":{\"@type\":\"PropertyValueSpecification\",\"valueRequired\":true,\"valueName\":\"search_term_string\"}}],\"inLanguage\":\"es\"},{\"@type\":\"Organization\",\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/#organization\",\"name\":\"Zapateneo Kultur Elkartea\",\"url\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/\",\"logo\":{\"@type\":\"ImageObject\",\"inLanguage\":\"es\",\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/#\\\/schema\\\/logo\\\/image\\\/\",\"url\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/wp-content\\\/uploads\\\/2021\\\/04\\\/zap-libu-kolec.jpg\",\"contentUrl\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/wp-content\\\/uploads\\\/2021\\\/04\\\/zap-libu-kolec.jpg\",\"width\":2234,\"height\":398,\"caption\":\"Zapateneo Kultur Elkartea\"},\"image\":{\"@id\":\"https:\\\/\\\/zapateneo.net\\\/wordpress\\\/#\\\/schema\\\/logo\\\/image\\\/\"},\"sameAs\":[\"https:\\\/\\\/x.com\\\/zapateneo\"]}]}<\/script>\n<!-- \/ Yoast SEO plugin. -->","yoast_head_json":{"title":"El Husmo &#8212; Zapateneo","robots":{"index":"index","follow":"follow","max-snippet":"max-snippet:-1","max-image-preview":"max-image-preview:large","max-video-preview":"max-video-preview:-1"},"canonical":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/","og_locale":"es_ES","og_type":"article","og_title":"El Husmo &#8212; Zapateneo","og_description":"PEDRO GARCIA OLIVO 9788492069859 - Las siete entidades - 2003 - 141 p\u00e1ginas \/orri.","og_url":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/","og_site_name":"Zapateneo","article_modified_time":"2021-11-25T18:40:31+00:00","og_image":[{"width":223,"height":335,"url":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/15484442918822.jpeg","type":"image\/jpeg"}],"twitter_card":"summary_large_image","twitter_site":"@zapateneo","twitter_misc":{"Tiempo de lectura":"26 minutos"},"schema":{"@context":"https:\/\/schema.org","@graph":[{"@type":"WebPage","@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/","url":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/","name":"El Husmo &#8212; Zapateneo","isPartOf":{"@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/#website"},"primaryImageOfPage":{"@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/#primaryimage"},"image":{"@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/#primaryimage"},"thumbnailUrl":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/15484442918822.jpeg","datePublished":"2021-11-02T18:34:16+00:00","dateModified":"2021-11-25T18:40:31+00:00","breadcrumb":{"@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/#breadcrumb"},"inLanguage":"es","potentialAction":[{"@type":"ReadAction","target":["https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/"]}]},{"@type":"ImageObject","inLanguage":"es","@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/#primaryimage","url":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/15484442918822.jpeg","contentUrl":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/15484442918822.jpeg","width":223,"height":335},{"@type":"BreadcrumbList","@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/producto\/el-husmo\/#breadcrumb","itemListElement":[{"@type":"ListItem","position":1,"name":"Portada","item":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/"},{"@type":"ListItem","position":2,"name":"Tienda","item":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/"},{"@type":"ListItem","position":3,"name":"El Husmo"}]},{"@type":"WebSite","@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/#website","url":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/","name":"Zapateneo","description":"Zapateneoaren webgunea","publisher":{"@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/#organization"},"potentialAction":[{"@type":"SearchAction","target":{"@type":"EntryPoint","urlTemplate":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/?s={search_term_string}"},"query-input":{"@type":"PropertyValueSpecification","valueRequired":true,"valueName":"search_term_string"}}],"inLanguage":"es"},{"@type":"Organization","@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/#organization","name":"Zapateneo Kultur Elkartea","url":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/","logo":{"@type":"ImageObject","inLanguage":"es","@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/#\/schema\/logo\/image\/","url":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/wp-content\/uploads\/2021\/04\/zap-libu-kolec.jpg","contentUrl":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/wp-content\/uploads\/2021\/04\/zap-libu-kolec.jpg","width":2234,"height":398,"caption":"Zapateneo Kultur Elkartea"},"image":{"@id":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/#\/schema\/logo\/image\/"},"sameAs":["https:\/\/x.com\/zapateneo"]}]}},"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/product\/9282","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/product"}],"about":[{"href":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/product"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/9305"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=9282"}],"wp:term":[{"taxonomy":"product_brand","embeddable":true,"href":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/product_brand?post=9282"},{"taxonomy":"product_cat","embeddable":true,"href":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/product_cat?post=9282"},{"taxonomy":"product_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/zapateneo.net\/wordpress\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/product_tag?post=9282"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}